
Hay una edad en la vida en la que una mujer puede salir a cenar con sus amigas y, antes de pedir el vino, ya sabe quién está haciendo ayuno intermitente, quién dejó los carbohidratos, quién se quitó el gluten sin ser celíaca, quién lleva tres meses sin probar un postre y quién tiene una amiga que conoce a una amiga que se está pinchando algo y está quedando «divina».
Lo curioso es que nadie pregunta:
¿Cómo estás durmiendo?, ¿Eres feliz?, ¿Tienes fuerza para subir las escaleras?, ¿Recuerdas en dónde dejaste las llaves?, ¿Cuándo fue la última vez que comiste algo delicioso sin sentirte culpable? No. La pregunta es: ¿Cuánto pesas?
Y después de los 45, aparece una nueva sospechosa habitual.
La Menopausia…
La pobre menopausia últimamente tiene la culpa de todo.
De los cinco kilos, de la barriga, del mal humor, de que no tengamos ganas de sexo, de que tengamos demasiadas ganas de sexo, de que nos despertemos a las tres de la mañana pensando en una conversación que tuvimos en 2007 y probablemente también tenga la culpa de que el pantalón blanco del año pasado haya encogido misteriosamente dentro del armario.
La menopausia no engorda sola. pero tampoco es inocente.
Durante la transición menopáusica ocurren cambios hormonales reales.
Disminuyen los estrógenos, cambia la distribución de la grasa corporal, aumenta la tendencia a acumular grasa abdominal y podemos perder masa muscular. A esto se suman alteraciones del sueño, menor actividad física, cambios en el gasto energético, estrés y, en algunas mujeres, resistencia a la insulina.
Así que sí: el cuerpo cambia.
Pero convertir a los estrógenos en los únicos responsables de todo lo que ocurre en nuestro abdomen sería demasiado cómodo; porque a veces no es solo menopausia, es menopausia más sedentarismo, menopausia más estrés, menopausia más pérdida de músculo, menopausia más cenas gigantes después de haber pasado hambre todo el día, menopausia más alcohol social, menopausia más seis horas de sueño; menopausia más veinte años cuidando a todo el mundo y dejando nuestro cuerpo para cuando «tengamos tiempo», menopausia mas mis hijos se fueron a la universidad y la pasión con mi pareja se ha minimizado… olvidamos vivir en pareja.
Y resulta que nunca tuvimos tiempo.
Y esto empieza a preocuparme. Mujeres inteligentes, profesionales, madres, empresarias, médicas, artistas, científicas… capaces de dirigir una empresa, criar tres hijos y resolver la vida de media familia… pero completamente angustiadas porque han subido cuatro kilos. Mujeres que empiezan el lunes castigándose, no desayunan, comen una ensalada triste, pasan hambre, llegan a casa agotadas, abren la nevera, comen lo que encuentran, se sienten culpables y el martes empiezan otra dieta.
Tenemos una generación de mujeres aterrorizadas por engordar
Eso no es nutrición y como en toda relación tóxica, alguien termina sufriendo. En este caso, el cerebro, porque el cerebro también come, el cerebro necesita energía, necesita proteínas para disponer de aminoácidos utilizados en la síntesis de neurotransmisores, necesita grasas esenciales, necesita vitaminas, minerales, fibra, agua y, sí, queridas amigas: también necesita carbohidratos.
No necesitamos comer tres croissants para «alimentar las neuronas», pero tampoco tenemos que comportarnos como si una patata cocida fuera una sustancia ilegal. Legumbres, frutas, verduras, avena, patata, arroz y cereales integrales pueden formar parte perfectamente de una alimentación saludable, el problema no son los carbohidratos, el problema es la calidad, la cantidad, la frecuencia y el contexto metabólico de cada persona.
Entonces llegaron los pinchazos…
Y aquí empieza el nuevo capítulo de Conversaciones… Porque antes las amigas se recomendaban cremas, después suplementos, después ayunos. Ahora se recomiendan medicamentos: Mi amiga se está pinchando, ¿Por qué?, para adelgazar, ¿Tiene diabetes?, no, ¿Obesidad?, bueno se siente gorda, ¿La está controlando un médico?, creo que sí, ¿Qué médico?, una chica de Instagram, maravilloso.
Los medicamentos agonistas del receptor GLP-1 y otros tratamientos farmacológicos contra la obesidad han supuesto un avance médico importante. En personas correctamente seleccionadas, con obesidad o sobrepeso asociado a determinadas enfermedades y bajo seguimiento sanitario pueden ser herramientas eficaces.
El problema no son los medicamentos.
El problema es convertir un tratamiento médico en una moda estética, pincharse sin una indicación adecuada, comprar medicamentos por vías inseguras, aumentar dosis buscando adelgazar más rápido, ignorar los efectos adversos, perder peso sin proteger la masa muscular.
Y pensar que adelgazar veinte kilos automáticamente significa estar veinte kilos más saludable, porque se puede perder grasa, pero también músculo, fuerza, densidad ósea, energía y, en determinadas circunstancias, salud.
La báscula tampoco es un electrocardiograma
Pesarse puede ser útil, medir el perímetro abdominal también, conocer la composición corporal, la presión arterial, la glucosa, los triglicéridos, la masa muscular y la capacidad física puede ayudarnos a entender nuestra salud.
Pero hemos convertido el peso en una especie de sentencia moral.
54 kilos: buena mujer.
74 kilos: has fracasado.
¿En qué momento aceptamos semejante estupidez?
Una mujer puede ser delgada y tener resistencia a la insulina, sarcopenia, hígado graso, osteoporosis y una alimentación desastrosa y otra mujer puede tener sobrepeso, hacer ejercicio, conservar buena masa muscular y estar mejorando progresivamente sus parámetros metabólicos. La salud no cabe en un número, comer bien no significa comer poco, una alimentación equilibrada en esta etapa debería tener una prioridad enorme:
conservar músculo mientras protegemos el cerebro, los huesos y la salud metabólica.
Eso significa comer suficiente proteína distribuida durante el día: Verduras y frutas variadas, legumbres, pescado, huevos, aceite de oliva, frutos secos, fuentes adecuadas de calcio y proteínas según tolerancia y contexto clínico, carbohidratos de buena calidad adaptados a nuestra actividad y situación metabólica y disminuir significativamente o eliminar ultraprocesados, azúcares añadidos y exceso de alcohol.
Pero también significa algo de lo que hablamos poco: sentarse a comer sin miedo; porque una alimentación que mejora tus analíticas pero destruye tu relación con la comida tampoco es una estrategia sostenible.
Después de los 50, quiero músculo, no penitencia
Quizás deberíamos cambiar la conversación, preguntar menos: ¿Cuánto has adelgazado?
Y preguntar más: ¿Cuánto peso puedes levantar?, ¿Puedes levantarte del suelo sin ayuda?, ¿Cómo duermes?, ¿Cómo está tu presión arterial?, ¿Cómo están tus triglicéridos?, ¿Tienes fuerza en las piernas?, ¿Tienes amigas?, ¿Te ríes?, ¿Tienes proyectos?, ¿Todavía te apetece aprender cosas nuevas?. Porque para llegar bien a los 70, 80 o 90 años vamos a necesitar mucho más que caber en un pantalón talla 38, vamos a necesitar músculo, huesos fuertes, un cerebro estimulado, flexibilidad metabólica, sueño, movimiento, vínculos sociales, propósito y una relación razonablemente pacífica con nuestro propio cuerpo.
Queridas amigas: el cuerpo no necesita otro enemigo
Durante décadas nos hemos mirado al espejo buscando defectos, demasiada barriga, demasiadas piernas, poco pecho, mucho pecho, arrugas, canas, flacidez.
Y ahora resulta que llegamos a la menopausia, una etapa en la que podríamos empezar a disfrutar de cierta libertad, y hemos decidido declarar una guerra mundial contra nuestros adipocitos.
Tal vez sea momento de cambiar de estrategia, si tienes obesidad, trátala, la obesidad es una enfermedad crónica y merece atención médica seria, sin estigma y sin vergüenza.
Si necesitas medicación, úsala con indicación médica, seguimiento y un plan que proteja tu nutrición y tu masa muscular.
Si tienes síntomas de menopausia, consulta y valora las opciones terapéuticas adecuadas para ti, si necesitas perder peso, hazlo, pero no conviertas adelgazar en el proyecto más importante de tu vida.
Come para nutrirte.
Muévete para conservar tu independencia.
Haz fuerza para proteger tus músculos y tus huesos.
Duerme para cuidar tu cerebro.
Trata tus enfermedades.
Hazte los controles necesarios.
Y, por favor, de vez en cuando, siéntate con tus amigas, pide algo rico, ríete hasta que te duela el abdomen y deja de calcular cuántas calorías quemaste riéndote. Porque quizá uno de los mayores signos de salud mental después de los 50 sea poder mirar un plato de comida, mirar nuestro cuerpo y pensar:
«Voy a cuidarte, pero no voy a pasar el resto de mi vida castigándote».